Todo comenzó como les ocurre a muchas personas: nada parecía demasiado grave. Al principio, mis pies simplemente me molestaban un poco. Me sentía cansada y, después de un día largo, a veces se hinchaban. Luego apareció un callo persistente sobre uno de mis dedos que no desaparecía por nada.
Más tarde descubrí que ese callo era solo una señal de un problema mayor: el inicio de una deformidad por dedo en martillo. Empecé a caminar menos y dejé de usar mis zapatos favoritos. Poco a poco, todo fue empeorando.
Mis pies se cansaban cada vez más y hasta los movimientos más simples comenzaron a resultar incómodos. Con el tiempo, las molestias no desaparecían ni siquiera cuando descansaba. Algunas noches me despertaban y me costaba volver a dormir.
Levantarse de la cama por las mañanas se convirtió en un desafío. Me sentía agotada constantemente. Incluso empezó a afectar mi trabajo, ya que cada vez me resultaba más difícil mantener mi ritmo habitual.
También dejé de disfrutar muchas actividades que me gustaban, especialmente aquellas que implicaban caminar o permanecer de pie durante largos periodos.
Probé de todo: remedios caseros, cremas y diferentes soluciones. Algunas me ayudaban temporalmente, pero las molestias siempre regresaban.
Cuando me di cuenta de que nada estaba solucionando realmente el problema, entendí que había llegado el momento de buscar ayuda profesional. Así que decidí acudir a un médico.